A mediados de 2026, el Estudio Nacional del Fenómeno El Niño (ENFEN) emitió un pronóstico que muchos celebraron: se descartaba un "Súper Niño" devastador a corto plazo, aunque las anomalías cálidas en el océano Pacífico continuarían hasta enero de 2027.
En lugar de tomar ese anuncio como una alerta prolongada, el país entero parece haber respirado con excesivo alivio.
La verdadera señal de alarma hoy no es la temperatura del mar. Es cómo estamos normalizando el riesgo del agua.
El sistema que no funciona
Al sentir que tenemos tiempo de sobra, hemos paralizado el diseño de obras preventivas. El sentido de urgencia se apagó justo cuando más se necesita, a pocos meses de que el ciclo natural vuelva a sorprendernos.
Para entender las consecuencias de esta pausa climática en los próximos cinco años, hay que observar de cerca cómo planificamos y construimos en la costa norte y central del Perú. En ese sistema interactúan tres actores principales: los gobiernos regionales, las grandes empresas agrícolas y de logística, y las instituciones que heredaron los proyectos pendientes de la extinta Autoridad para la Reconstrucción con Cambios (ARCC).
La regla no escrita que opera entre ellos es simple y costosa: esperar a que ocurra el desastre para movilizar dinero, para luego caer en una parálisis burocrática crónica.
Esto quedó en evidencia cuando la ARCC cerró sus puertas dejando casi el 30% de sus proyectos inconclusos: obras vitales de manejo de ríos y drenajes de lluvia que las ciudades exigían. Seguimos operando como si las lluvias torrenciales fueran simples accidentes que se solucionan declarando estados de emergencia, en lugar de asumirlas como un rasgo permanente de nuestro territorio.
La ilusión legal de la costa seca
La explicación tradicional que solemos escuchar es que el norte del país se inunda por la furia incontrolable de la naturaleza combinada con la histórica ineficiencia del Estado.
Desde esa mirada, tragedias como el Niño Costero de 2017, que dejó más de 283,000 damnificados, 1.6 millones de afectados y cerca de 38,000 viviendas destruidas, se justifican simplemente por la lentitud para ejecutar el presupuesto y las malas decisiones de contratación.
Pero quedarnos con esa versión oculta el verdadero problema de fondo.
En el Perú, diseñamos nuestras ciudades bajo la ilusión legal de que la costa será siempre un desierto. Nuestras normas permiten que se construyan carreteras, hospitales y viviendas sobre antiguos cauces de ríos, zonas de deslizamientos y quebradas secas.
Si cruzamos la frontera hacia Chile, encontramos un país que asumió sus constantes terremotos como una realidad inevitable: creó normas de construcción muy estrictas para que los edificios soporten los sismos y no colapsen. Aquí, por el contrario, la ley no exige incluir sistemas de drenaje de lluvias en todos los nuevos proyectos costeros.
El verdadero desafío para los próximos años no es aprender a reconstruir más rápido después de una tragedia. Es cambiar la mentalidad con la que pensamos la obra pública y privada.
El agua de El Niño no es un problema pasajero que debemos resistir: es una fuerza constante de nuestra geografía que debemos saber canalizar. Nuestra meta estratégica debe ser imitar la cultura preventiva sísmica de Chile, pero aplicada al agua, desde el momento mismo en que decidimos qué construir y dónde hacerlo.
Dos caminos para la costa peruana
Aprovechando esta tregua temporal que nos da el océano Pacífico hasta 2027, podemos proyectar dos escenarios muy distintos para nuestra costa hacia el final de esta década. Todo dependerá de una decisión clave: si las empresas agroexportadoras, los puertos y los municipios locales deciden elevar por su cuenta los estándares de seguridad de sus obras, sin esperar a que el gobierno nacional actúe.
Escenario 1: La Inercia Hidrológica
Este escenario ocurrirá si nos dejamos llevar por la aparente calma actual y creemos que nuestros planes de construcción vigentes ya son seguros.
Las defensas fluviales que quedaron a medias siguen atrapadas en juicios interminables. Cuando las lluvias torrenciales regresen, nuestras vías y ciudades colapsarán exactamente igual que en 2017, porque seguirán sin contar con sistemas para evacuar el agua. Como resultado, la economía regional volverá a sufrir una caída violenta, aislando vías clave y paralizando la cadena de producción agrícola.
Escenario 2: La Ingeniería de Convivencia
Este escenario se hará realidad si usamos el tiempo disponible para transformar radicalmente cómo invertimos.
Varias empresas, operadores de puertos y gobiernos locales pioneros, hartos de la ineficiencia estatal, deciden aplicar de forma voluntaria normas internacionales de seguridad. Inspirándose en las reglas de construcción chilenas, rediseñan sus proyectos preparándose para las peores inundaciones posibles. Comienzan a usar pavimentos que absorben el agua y protegen zonas naturales clave para la regulación de ríos.
En este futuro, el próximo impacto fuerte de El Niño no detiene al país. Demuestra, en cambio, la fortaleza de las ciudades norteñas, convirtiendo esa infraestructura segura en una ventaja competitiva real para las exportaciones peruanas.
Los límites del análisis y la urgencia de actuar
Todo pronóstico tiene límites. Este análisis asume que empresas y municipios cuentan con el capital necesario para asumir los mayores costos de construir con alta seguridad.
Sin embargo, la crisis climática suma un riesgo impredecible: si El Niño se vuelve más fuerte y errático a corto plazo, rompiendo récords de lluvias antes de 2028, el tiempo para prepararnos desaparecerá. En ese caso, caer en la Inercia Hidrológica sería casi inevitable.
Frente a este escenario, actuar en los próximos 12 a 24 meses es urgente.
Para las empresas agrícolas y logísticas, la tarea inmediata es de supervivencia: deben evaluar hoy sus redes de transporte. Adoptar la Ingeniería de Convivencia es el único seguro real para que sus operaciones no se detengan. Para los gobiernos regionales, la acción prioritaria es prohibir nuevos permisos de construcción en antiguos cauces y adaptar sus planes urbanos a los escenarios de inundación más extremos.
La disyuntiva final
Si entendemos que la vulnerabilidad de nuestras ciudades es una elección humana amparada en nuestras leyes, y no un capricho de la naturaleza, el liderazgo peruano enfrenta una pregunta que no puede seguir postergando:
¿Estamos dispuestos a invertir y legislar hoy para asegurar la próxima década, o seguiremos asumiendo los costos incalculables del próximo desastre?
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© 2026 Sebastián Peramás. Publicado por CEIF — Centro de Estudios de Impacto Futuro.
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Cita sugerida: Peramás, Sebastián (2026). "Después del Súper Niño: Cómo Perú Está Desperdiciando la Única Ventana para Prepararse". CEIF Perspectivas. ceif.pe/perspectivas/despues-del-super-nino-ventana-peru
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